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Viernes Santo: el día que no debería llamarse bueno (y sin embargo lo es)

Viernes Santo: el día que no debería llamarse bueno (y sin embargo lo es)

Hay una paradoja en el corazón del calendario cristiano que nadie termina de resolver del todo: ¿cómo puede llamarse «bueno» el día en que murió Jesús?

No es una pregunta retórica. Es una tensión real que vale la pena habitar — especialmente si creciste escuchando la respuesta fácil antes de entender realmente el peso de la pregunta.

El viernes más oscuro de la historia

Imagina estar ahí. No como observador distante con perspectiva histórica, sino como uno de los que lo conoció en persona.

Tres años siguiendo a alguien que sanaba enfermos, que multiplicaba panes, que hablaba como nadie había hablado antes. Alguien que te miró a los ojos y te hizo sentir que tu vida tenía sentido. Y de repente, en menos de 24 horas, todo colapsa.

Lo arrestan en un huerto en medio de la noche. Lo juzgan con testigos falsos. El gobernador romano — el mismo que tiene el poder de liberarlo — admite en voz alta que es inocente, y aun así cede a la presión de una multitud. En su lugar, sueltan a un criminal de verdad. Y a Él lo mandan a morir de la peor manera que el Imperio Romano había inventado para los peores criminales.

Eso fue el Viernes Santo para quienes lo vivieron en tiempo real. No era «bueno». Era devastador.

Lo que cambia todo

Pero hay algo que hace que ese viernes sea distinto a cualquier otro momento de sufrimiento en la historia humana.

En el momento más brutal — clavado, coronado de espinas, objeto de burla pública — Jesús abrió la boca no para maldecir, sino para decir: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»

No es la reacción de alguien que perdió el control de la situación. Es la reacción de alguien que eligió cada segundo de ese día. Que pudo haberse bajado de esa cruz y no lo hizo. Que entendía que lo que parecía una derrota era, en realidad, el movimiento más radical de amor que el mundo había visto.

El apóstol Pablo lo escribiría años después con una claridad que todavía corta: «Mientras aún éramos pecadores, Cristo murió por nosotros.» No cuando lo merecíamos. No cuando lo pedimos. Antes.

Por qué el dolor importa antes de la respuesta

Existe una tentación muy humana — y muy cristiana — de saltarse el Viernes Santo para llegar rápido al domingo de Resurrección.

Pero eso es un error.

La fe que no puede sentarse con el dolor no está equipada para acompañar a otros en el suyo. Y hay algo profundamente necesario en detenerse en este día, en no apresurarse a la conclusión, en permitirse habitar la oscuridad del viernes antes de celebrar la luz del domingo.

Porque si te has sentido traicionado, si has pasado por una noche que pareció no tener fin, si has visto cómo algo en lo que creías se desmoronaba sin que pudieras hacer nada — el Viernes Santo te dice que Dios conoce ese territorio desde adentro. No como espectador. Como protagonista.

La puerta que se abrió ese día

El escritor de Efesios lo articula de una manera que todavía tiene fuerza después de dos mil años: los que estaban lejos fueron acercados por la sangre de Cristo.

No por su esfuerzo. No por su historial religioso. No por cuánto tiempo llevan en la iglesia ni cuántas veces han leído la Biblia completa.

La muerte de Jesús en la Cruz no fue una tragedia que Dios rescató. Fue el plan. La forma en que la brecha entre lo humano y lo divino — esa distancia que todos sentimos en algún momento, esa sensación de que algo falta, de que no llegamos — quedó cerrada de una vez.

El profeta Isaías lo había visto con siglos de anticipación: «Fue herido por nuestras transgresiones, aplastado por nuestras iniquidades… y por sus heridas fuimos sanados.» No es metáfora. Es la estructura del evangelio.

Cómo vivir el Viernes Santo hoy

No hay una sola manera correcta de marcar este día. Algunos van a un servicio litúrgico. Otros ayunan. Otros escuchan música que les ayuda a procesar lo que las palabras no alcanzan. Otros simplemente hacen pausa — apagan el ruido y se sientan con la historia.

Lo que importa no es el ritual. Es el encuentro.

Quizás hoy sea un buen momento para preguntarte qué significa para ti personalmente que alguien haya elegido morir en tu lugar. No como doctrina abstracta, sino como realidad concreta. ¿Qué cambia en cómo te ves a ti mismo? ¿En cómo ves a otros?

El Viernes Santo no es el final de la historia. Pero tampoco es solo el prólogo de la Resurrección. Es un día que merece su propio peso, su propio silencio, su propia gratitud.

Porque lo que se llama «bueno» ese viernes no fue el sufrimiento en sí. Fue lo que ese sufrimiento hizo posible: que nada — ni el pasado, ni el fracaso, ni la distancia más larga — pueda separarte de quien te creó.

Eso sí es bueno.