Hay una voz que te habla en pleno culto, y no es la del predicador
Llega el domingo. El predicador levanta el brazo y la sala responde “amén”. Tú también lo dices, pero quizá un segundo tarde.
Tal vez tengas la Biblia en tus rodillas. No has pasado la página en veinte minutos. Miras el reloj. Miras la nuca de la señora adelante. Calculas cuánto falta para el almuerzo.
Y entonces escuchas algo que no viene del púlpito. Viene de adentro y usa una sola palabra: cínico.
Te la dice cuando cantas una canción que el lunes quizá con tus actitudes ya no parece que creas. Te la dice cuando escuchas que en el Reino el menor es el mayor y ves quién ocupa la primera fila. Te la dice cuando desde el frente prometen un milagro y tú piensas en el recibo de la luz.
Nadie alrededor puede notarlo. Pero tú sigues de pie, sigues moviendo los labios. Y cada domingo te sientas un poco más aparte.
Posiblemente llevas años así. El lunes hay que rendir en el trabajo. El domingo hay que rendir en la fe: orar más, sentir más. Traer un testimonio que contar. Dos turnos, un solo cuerpo.
Una canción filmó esa voz y partió la iglesia en dos cuartos
La canción se llama “Cínico”. Es de El Hermano. Y en su propuesta vemos una realidad partida en dos.
En el primero vemos un templo con luces de neón, rosas y turquesas. Un predicador que gesticula desde el púlpito.
En las bancas, gente con la Biblia en la mano mostrando algún tipo de culpa, mirando con una fractura interna. Además, un joven que mira a su alrededor.
En el segundo espacio vemos un cuarto casi a oscuras. Un músico, una guitarra, una alfombra. Es todo. Ahí el hombre dice lo que en el templo se calló. Así se ve la iglesia desde el cinismo: los demás allá y tú aparte.
La cámara cruza de un espacio al otro. Entre el neón y la penumbra, entre el sermón y el arpegio.
Y en el templo, sobre la mesa, hay un mantel. Alguien le bordó una frase, puntada por puntada: “creo, pero aumenta mi…”
Esa frase incompleta tiene un eco en las Escrituras. Un padre con un hijo enfermo se la gritó a Jesús en plena calle: “Creo; ayúdame en mi incredulidad” en Marcos 9:24 NBLA. Jesús, lejos de darle instrucciones, sanó al muchacho.
La duda lleva siglos bordada en el mantel del altar. Nadie la escondía. Solo dejamos de leerla.
La luz de la cruz no abraza al joven: lo obliga a taparse los ojos
En un momento del video, el crucifijo del templo se enciende. Pero no de neón, sino de una luz blanca, y le cae de lleno en la cara al joven de la banca.
Él levanta la mano y se cubre los ojos.
Fíjate en el gesto. Se cubre. Por un momento deja de mirar con sus propios ojos.
Un momento antes de ello entran más instrumentos que aumentan la tensión y el encuadre queda en blanco.
Al volver ya no hay dos cuartos.
Dios no le respondió al que traía la oración lista, sino al que no pudo levantar la cara
Jesús contó de dos hombres que subieron al templo a orar.
El primero oró de pie y repasó su lista: ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todo lo que gano. Es decir, tenía el discurso completo.
El segundo se quedó lejos. “no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “Dios, ten piedad de mí, pecador”.” (Lucas 18:13, NBLA)
Solo uno de los dos bajó a su casa justificado. El de la lista, no.
Un hombre con los ojos en el suelo. Un joven con la mano sobre los ojos.
La voz que te llama cínico cree que te está sacando de la iglesia. Te está llevando al único rincón del templo donde alguien fue escuchado.
Nombrar tu cinismo no es el final de tu fe: es la primera oración que haces sin actuar.
Del cinismo no se sale a solas: se sale entre gente tan rota como tú
El cuarto oscuro ya no tiene un hombre solo.
Ahora está lleno. La gente de las bancas rodea la mesa y la alfombra. Cantan. No hay ninguna tarima. Ya no hay una primera fila. Las caras quedan a la misma altura, y ninguna está maquillada de neón.
Lo que cantan cabe en dos ideas: que son hijos, y que quieren ver lo que Él ve. Nadie promete nada. Nadie reporta resultados.
El joven los tuvo al lado todo el culto y vio otra cosa: una fila de gente que fingía mejor que él.
“Dios no ve como el hombre ve, pues el hombre mira la apariencia exterior, pero el SEÑOR mira el corazón”. (1 Samuel 16:7 NBLA).
El cinismo le había armado una iglesia en la cabeza y lo había dejado solo frente a ella. La de verdad estaba a dos bancas de distancia: gente rota, cantando sin tarimas.
El domingo vas a volver a las bancas o sillas de tu comunidad de fe. Y seguro vas a alzar los brazos. La gente a tu alrededor dirá “amén” y la voz va a repetir su palabra.
Esta vez no le discutas. Baja los ojos. Y cuando los levantes, mira a quien tienes al lado.
En algún cuarto, la alfombra sigue puesta.
¿Qué te dice a ti esa voz?
