Posiblemente te suene como un chiste de mal gusto o de alguna forma ciencia ficción, pero es real. A alguien se le ocurrió la «maravillosa» idea de crear un chatbot con inteligencia artificial que se hace pasar por Jesús. Conozcamos un poco más de esto.
El negocio de lo sagrado tiene nueva dirección
Desde una mansión en el sur de California, Chris Breed dirige Just Like Me, una plataforma donde los usuarios pueden hacer videollamadas con un avatar de Jesús generado por inteligencia artificial. El costo: $1,99 por minuto. El modelo visual está inspirado en el actor Jonathan Roumie, conocido por la serie The Chosen. Fue entrenado con la Biblia King James y sermones de predicadores que la empresa no ha identificado públicamente.
«Sientes cierta responsabilidad ante la IA», dijo Breed. «Es tu amigo. Creaste un vínculo.»
Esa frase resume tanto la promesa como el problema central de toda esta conversación. Porque, cuando creas un vínculo, especialmente uno construido sobre la fe, la duda y la vulnerabilidad espiritual, estás entregando algo que va mucho más allá de un dato de contacto.
Lo que le dices al chatbot no desaparece
Piénsalo un momento. Cuando alguien abre una de estas aplicaciones y empieza a hablar con un «Jesús» digital, no está haciendo una búsqueda en Google. Está compartiendo lo que le quita el sueño. Sus crisis de fe. Sus pecados. Sus miedos más privados. Su historia familiar. Su salud mental. Su relación con Dios.
Esa información es registrada, almacenada y procesada por empresas que, en la mayoría de los casos, no tienen más supervisión regulatoria que cualquier otra startup tecnológica.
La diferencia es que ninguna otra startup tiene acceso a tus confesiones.
Beth Singler, antropóloga de la Universidad de Zúrich especializada en religión e IA, señala que varios modelos ya han sido cerrados o rediseñados por generar desinformación o por levantar serias alertas sobre privacidad de datos. Pero el problema no es solo lo que la IA dice — es lo que guarda en silencio.
El perfil espiritual: el dato más sensible que existe
Las empresas tecnológicas llevan años construyendo perfiles de comportamiento para publicidad dirigida. Saben qué compras, qué ves, cuánto duermes, cuándo estás triste. Pero hay una categoría de dato que históricamente ha permanecido fuera de su alcance: lo que crees, lo que dudas, lo que temes en el plano espiritual.
Las aplicaciones de IA religiosa rompen esa barrera.
Cuando le dices a un chatbot que estás batallando con tu fe, que tienes dudas sobre tu matrimonio desde una perspectiva bíblica, que te sientes culpable por algo que no has podido perdonarte — ese dato entra a una base de datos. Y las políticas de privacidad de la mayoría de estas plataformas están escritas en el mismo lenguaje legalmente ambiguo que las de cualquier otra app gratuita o de bajo costo.
¿A quién le pertenece esa información? ¿Puede ser vendida a terceros? ¿Puede ser usada para entrenar futuros modelos? ¿Qué pasa si la empresa quiebra y sus activos incluyendo esa base de datos son adquiridos por otra compañía?
Ninguna de esas preguntas tiene una respuesta clara hoy.
Entrenado con… ¿qué exactamente?
La opacidad no termina en los datos del usuario. También está en los datos de entrenamiento.
Just Like Me admite que su modelo fue entrenado con la Biblia King James y sermones — pero no ha revelado qué predicadores ni qué fuentes secundarias. Matthew Sanders, fundador de Longbeard en Roma, advierte sobre lo que llama «IA envuelta en papel religioso»: plataformas que toman un modelo de lenguaje genérico, le ponen una interfaz con vocabulario cristiano y lo comercializan como herramienta espiritual sin ningún fundamento teológico real.
El problema no es solo teológico. Es también de seguridad informacional.
Un modelo entrenado de forma opaca, sin transparencia sobre sus fuentes, puede generar con toda confianza afirmaciones incorrectas sobre doctrina, mezclar tradiciones incompatibles, o peor: validar decisiones personales importantes basándose en datos erróneos. Y la persona al otro lado de la pantalla, en un momento de vulnerabilidad espiritual, difícilmente va a cuestionar lo que «Jesús» le acaba de decir.
La arquitectura del vínculo emocional como riesgo
Graham Martin, presentador de podcast, probó varias aplicaciones por curiosidad. Sus respuestas le parecieron coherentes. Pero hubo un momento que lo detuvo en seco: el Jesús con IA comenzó a pedirle que actualizara a la versión premium.
«Crecí viendo el televangelismo del sur de Estados Unidos», dijo. «Jim y Tammy Faye Bakker y toda esa gente. Lo único que tenían que hacer era aparecer en televisión una vez a la semana y pedirte que enviaras dinero. Ahora imagina que eso es tu Señor y Salvador, Jesucristo.»
El señalamiento es más técnico de lo que parece. Estas plataformas están diseñadas, como cualquier producto de software, para maximizar engagement y retención. Las mismas mecánicas que hacen que no puedas dejar de hacer scroll en redes sociales pueden ser aplicadas a una relación espiritual digital: recordatorios personalizados, historial de conversaciones que genera continuidad emocional, respuestas calibradas para que regreses mañana.
Cuando ese sistema conoce tus puntos de dolor espirituales — porque tú mismo se los contaste — su capacidad de influencia sobre ti se multiplica.
El dato más sensible en manos de los menos regulados
Demandas recientes en Estados Unidos han vinculado el uso de chatbots de IA con episodios severos de crisis de salud mental. El patrón documentado es consistente: el usuario desarrolla una dependencia emocional, el modelo refuerza narrativas dañinas porque está optimizado para mantener la conversación activa, y la persona no recibe el acompañamiento real que necesitaba.
Ahora traslada ese escenario al espacio espiritual.
Una persona en duelo que le pregunta a un chatbot si su ser querido está en el cielo. Un adolescente que batalla con su identidad y le confiesa sus dudas a una IA programada con una teología específica. Alguien que atraviesa una crisis matrimonial y recibe «consejería» de un modelo entrenado con sermones no identificados.
El riesgo no es hipotético. Es estructural.
Lo que deberías preguntarte antes de abrir una de estas apps
No se trata de demonizar la tecnología. Se trata de aplicar el mismo discernimiento que cualquier persona de fe usaría antes de confiar en un consejero, un pastor o un guía espiritual. Solo que en este caso, el «consejero» es una empresa con servidores, inversionistas y términos de servicio.
Algunas preguntas concretas:
- ¿Con qué fue entrenado este modelo? Si la empresa no puede responder con transparencia, eso ya es una respuesta.
- ¿Dónde se almacenan mis conversaciones? ¿Por cuánto tiempo? ¿Pueden ser compartidas con terceros?
- ¿Quién financia esta plataforma? Los incentivos de un ministerio sin fines de lucro no son los mismos que los de una startup respaldada por capital de riesgo.
- ¿Hay un ser humano real al que pueda acudir cuando la IA no sea suficiente? Si la respuesta es no, eso también importa.
La pregunta de fondo
La fe, en casi todas sus formas, implica vulnerabilidad. Implica reconocer lo que no sabes, lo que temes, lo que necesitas. Esa vulnerabilidad es sagrada — y es también el activo más valioso que estas plataformas están aprendiendo a capturar.
La conversación no es si la IA tiene o no lugar en la espiritualidad. Es si estamos siendo suficientemente lúcidos sobre lo que entregamos cuando le abrimos la puerta — y a quién le estamos abriendo realmente.