Este artículo parte de la entrevista que Obianuju Mbah le hizo a Dirk Smith, presidente de EEM, para Christian Today («From Tyndale to today: The enduring hunger for the Bible», 3 de octubre de 2026).
Hace cinco siglos, William Tyndale tradujo el Nuevo Testamento al inglés porque creía que cualquier persona común debía poder leer la Biblia por sí misma. Por esa convicción terminó en el exilio y, finalmente, ejecutado. En 2026 se cumplen 500 años de aquella traducción, y la organización misionera EEM aprovecha la fecha para lanzar la mayor campaña de distribución de su historia, con la meta de poner más de un millón de Biblias en manos de personas en decenas de países.
Smith viajó a Gran Bretaña para recorrer los lugares ligados a Tyndale y reunirse con líderes de iglesias para explorar alianzas futuras. De esa conversación con Christian Today se desprende una pregunta incómoda que va más allá del aniversario: ¿qué hacemos con un libro que otros arriesgan todo por tener?
Un libro pequeño que había que esconder
Lo que más parece haber marcado a Smith en Londres no fueron los monumentos, sino la escala de las cosas: la estatua de Tyndale, su Biblia en la Biblioteca Británica y otro texto original en la catedral de San Pablo. Le llamó la atención lo pequeño del libro, algo deliberado para poder introducirlo de contrabando en manos de quienes lo querían.
Según Smith, entre el 80 y el 90 % de la Biblia en inglés de hoy sigue siendo la traducción de Tyndale, y nadie ha logrado mejorarla. Es una estimación suya, no una cifra que hayamos contrastado. Lo que sí queda claro es el perfil del traductor: alguien que aprendió ocho idiomas y que, leyendo el griego, entendió que las Escrituras traían libertad. Con esa convicción perseveró en una época en que todo era más difícil.
Smith recuerda, además, la frase que se atribuye a Tyndale en el momento de su muerte: «Señor, abre los ojos del rey». Para él, ahí está todo: un hombre que no pedía por sí mismo, sino por que la Biblia llegara a la gente en el idioma que entendía. Y de ahí su preocupación actual: que Tyndale no quede como «una estatua en un parque» ante la que se pasa sin saber quién es.
Cuatro millones de peticiones, 2,2 millones de respuestas
El dato que más pesa de la entrevista es este: según Smith, el año pasado EEM entregó 2,2 millones de libros en 33 idiomas y 37 países, pero recibió solicitudes por 4 millones. A los demás les tuvieron que decir «todavía no», por falta de fondos y de personal. Y admite que esa realidad le quita el sueño.
Un detalle de contexto: en la pregunta de la entrevista se hablaba de más de dos millones de Biblias en 35 países; Smith respondió con 37. Aquí usamos las cifras que él dio.
Entre las traducciones más buscadas está la ucraniana: refugiados que salieron del país y desplazados internos cuyas Biblias se destruyeron piden ejemplares de reemplazo. También llegan solicitudes desde Hungría, Moldavia, Eslovaquia y Polonia. Smith añade que observan más demanda en Rusia, y pide no caer en el reflejo de «rusos malos, ucranianos buenos»: para él, son personas, y la esperanza no puede ponerse en nada que no sea Jesús.
Su lectura del momento es que, con tantas guerras y turbulencias, «los cimientos se están sacudiendo» y la gente se pregunta por el propósito de la vida. Y lo que más atrae, dice, no es un argumento, sino ver a cristianos que viven comprometidos con su Biblia. Hay quien los mira y piensa: «Quiero lo que ustedes tienen».
¿Por qué papel y no pantalla?
Es la pregunta que cualquiera haría en 2026, y la respuesta de Smith es práctica: les piden Biblias impresas, y eso es lo que entregan. Sus razones, tal como las plantea:
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