Vivimos en la era de los haters. Nunca antes en la historia el odio había tenido tanta visibilidad ni tanta fuerza. Las redes sociales operan bajo un modelo de negocio donde el conflicto genera interacción, y el algoritmo premia y viraliza los comentarios más agresivos. La indignación se ha vuelto la emoción más rentable para captar atención, traducida en ingresos publicitarios para las grandes plataformas tecnológicas.
Pero, ¿qué dice Dios de todo esto? ¿Cómo responder desde la fe cuando el odio se ha normalizado incluso dentro de la comunidad cristiana? La respuesta no está en cambiar a los demás, sino en algo mucho más profundo y confrontador: limpiar nuestro lado de la calle.
¿Por qué el odio se ha vuelto tan viral?
La evolución nos dotó de un sesgo de negatividad: nuestro cerebro procesa las emociones negativas con mayor rapidez e intensidad que las positivas. Por eso las noticias buenas casi nunca se hacen virales. Como dice el proverbio periodístico: «Noticia es el avión que se cae, no los aviones que llegan».
Lo alarmante es que esta dinámica ya no pertenece solo al mundo del espectáculo o la política. También ha contaminado a la iglesia. Hoy cualquiera puede expresar lo que se le antoje desde el anonimato, sin culpa y sin vergüenza, incluso contra hombres y mujeres de Dios. Hemos cruzado una línea crítica de desensibilización social y emocional: cuando el insulto ya no produce vergüenza, perdimos también el respeto por el otro y el temor de Dios.
El problema de la espiritualidad egoísta
A veces pensamos que no odiar nos hace más espirituales, pero nuestra espiritualidad puede volverse un disfraz para que el ego siga en el trono. De poco sirve sentirse «muy espiritual» si a la primera oportunidad criticamos, murmuramos o escribimos mal sobre alguien en las redes.
La verdadera espiritualidad nunca es individualista. Es la que nos lleva a hacer una mirada introspectiva y reconocer el daño que nosotros mismos hemos causado.
Las dos listas de nuestra vida relacional
En toda relación rota existen dos tipos de dolor:
- El dolor que nos han infligido a nosotros.
- El dolor que hemos infligido a otros.
Por acto reflejo, siempre recordamos primero la primera lista. Podemos enumerar sin esfuerzo quiénes nos dañaron, como si recitáramos la alineación de un equipo de fútbol. Pero hacer la segunda lista —reconocer a quiénes hemos herido nosotros— requiere verdadera altura espiritual.
Como enseña el apóstol Pablo en 1 Corintios 13, el amor no guarda rencor. Pero nosotros somos acumuladores: guardamos el resentimiento en un cajoncito «por las dudas». El enojo nos resulta atractivo porque nos hace sentir superiores e inocentes.
La inundación mental
Cuando nos enojamos profundamente, sufrimos lo que los expertos llaman inundación mental. La información del enojo viaja primero al sistema límbico —la zona del cerebro que controla la conducta instintiva de lucha o huida— en lugar de llegar a la corteza cerebral, donde residen la lógica y el sentido común.
Por eso hay gente que cometió errores irreparables en solo 30 segundos. Por eso se dice «me puse ciego». Tomar una pausa de 15 a 20 minutos permite que el flujo hormonal disminuya y la corteza recupere el control. Nuestras madres lo decían con sabiduría: «cuenta hasta 10».
Zaqueo: cuando el amor impulsa a enmendar
La historia de Zaqueo en Lucas 19 es uno de los milagros de Jesús menos predicados, quizás porque no se trata de un paralítico o un leproso, sino de un cambio radical de vida.
Zaqueo era un recaudador de impuestos considerado traidor y corrupto por su pueblo. Además, la Biblia lo describe con frases que indicaban un posible enanismo patológico, lo que en el mundo antiguo generaba un profundo estigma social. Se veía a sí mismo como víctima de la exclusión, y su pueblo se veía a sí mismo como víctima de su corrupción. Las dos partes tenían su justificativo.
Pero cuando Jesús pasa por Jericó y lo llama: «Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que quedarme en tu casa», algo cambia en su interior. Jesús no le exige nada. No le pide que cambie primero. Lo acepta tal como está.
La segunda lista de Zaqueo
En medio de la cena, Zaqueo no se queja de quienes lo dañaron. Hace lo más difícil: hace la lista de a quiénes él dañó. Se pone de pie y declara:
«Señor, ahora mismo voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes; y si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces más.»
La ley del Antiguo Testamento exigía devolver el 120% de lo defraudado. Zaqueo, voluntariamente, lo aumenta al 400% y ofrece la mitad de sus bienes. No estaba siguiendo una orden; estaba transformado por el amor. Jesús nunca quiere un cumplimiento bajo presión; quiere un espíritu generoso.
Enmendar no es lo mismo que pedir perdón
Recibir perdón no es lo mismo que salir de un problema. Podemos decir «perdón, perdón» y seguir adelante, pero enmendar es tratar de reparar lo que se rompió. La palabra enmendar está relacionada con remendar.
En la parábola del hijo pródigo, el hijo regresa ofreciéndose como jornalero, no «pechito de paloma» exigiendo ser aceptado. Trata de reparar el daño que causó. El perdón sin restauración nos deja en paz con Dios, pero no repara el daño hacia el prójimo.
Aclaraciones importantes
- No toda enmienda tiene sentido. Si la persona no sabe que la heriste, reparar solo le traslada el dolor. Arréglalo con Dios.
- No te quedes con un cónyuge abusivo. Si hay violencia, aléjate y ponte a salvo. Eso no es falta de espiritualidad; es amar al Espíritu Santo que vive en ti.
- Las enmiendas indirectas importan. Si ya no puedes reparar directamente con quien lastimaste, puedes ayudar a otros en situaciones similares. Zaqueo dio la mitad de sus bienes a los pobres, no solo a quienes defraudó.
El perdón emocional y la empatía
Existen dos tipos de perdón:
- El perdón decisional: el compromiso consciente de no buscar venganza y tratar al otro con respeto. Funciona para agravios menores, pero a veces solo «matamos» al otro en nuestra lista de indiferencia.
- El perdón emocional: el que transforma el corazón. La falta de perdón es un cóctel tóxico de ira, temor y amargura que se registra incluso a nivel físico. Muchas enfermedades son causadas por lo que tragamos y no resolvemos: el cuerpo pasa la cuenta.
El perdón emocional requiere empatía: ponernos en el lugar de quien nos hirió, no para justificarlo, sino para poder liberarnos. José tuvo que ponerse en las sandalias de sus hermanos para perdonarlos. Y la máxima expresión es Jesús en la cruz: «Perdónalos, porque no saben lo que hacen.»
La historia de Benjoni: morir cantando
Para cerrar, la historia real de Benjoni, «Pajarito», un joven tutsi de Burundi que nunca dejaba de cantar. Durante el genocidio de Ruanda, cinco soldados jutus lo ejecutaron junto a otros once maestros. Cuando le permitieron cantar una última canción, entonó un himno que decía: «Lo sé, lo sé, con Cristo al cielo yo voy.»
Pero la canción no murió con él. Un teniente atormentado por la culpa no pudo sacar esa melodía de su cabeza. Buscó respuestas y encontró a Jesús, se convirtió y contó la historia por toda África. La canción de Pajarito resonó en los oídos de sus asesinos y décadas después suena en todo el mundo.
Nunca es demasiado tarde para perdonar. Y lo peor que puede pasarnos no es morir, sino irnos a la tumba en silencio con una canción que nunca salió de nosotros. Que nuestra canción sea siempre la de Pajarito: la canción del perdón, incluso frente a quienes nos quieren liquidar.
La decisión de hoy
Somos la congregación virtual de hermanos en todo el planeta. Y en esta era donde el odio se ha naturalizado, Dios nos llama a limpiar nuestro lado de la calle. El resentimiento nos divide en «amigos» y «enemigos», pero Jesús condena el pecado, nunca al pecador.
Decidamos hoy:
- No ponernos de ningún lado de la grieta. Imitemos a Jesús.
- Hacer la segunda lista y reconocer a quiénes hemos dañado.
- Enmendar directa e indirectamente, con un corazón dispuesto.
- Cantar la canción del perdón, aun cuando sea lo último que hagamos.
La amargura quiere vengarse. El amor siempre quiere enmendar. Y si Dios nos cambia el corazón, como cambió el de Zaqueo, podremos decir delante de todos: «Yo sé que con Cristo al cielo yo voy.»